miércoles, 19 de noviembre de 2014

Dos metros bajo tierra




Dos metros bajo tierra



Enterrada, dos metros bajo tierra, allí abajo donde nunca más podré verte y donde tú no escuchas mis palabras.

Te has muerto y el dolor no es lo único que queda; aquí quedo yo con las ganas de mirarte nuevamente, sin poder besarte ni abrazarte, y la gente me dice como consuelo, que la única solución es extrañarte y pensar en los buenos momentos, pero creo que no será suficiente resignarme.

Llegó la muerte a nuestras vidas; siempre he odiado a la muerte que todo se lo lleva sin diferenciar quién no merece o quien sí merece morirse, la muerte no distingue quién es bueno, quién es malo, quién es realmente necesario, valioso e importante.

La muerte no se detiene por nadie, no hace excepciones. La muerte es indiferente ante tu dolor.

El pasado está lleno de lo juntos vivido, ¿pero de qué sirve ahora esa plenitud?

Cada día recuerdo tu voz a través del teléfono, extraño tus besos, anhelo acariciar tu cuerpo, pero no puedo porque has muerto.

Nunca vi los síntomas de tu enfermedad y de repente un día empezaste a agonizar, demasiado tarde para podernos salvar.

¿Tu muerte fue un suicidio, muerte asistida o simplemente negligencia?


Después del llanto llegó el fatídico momento de tu entierro que me quita radicalmente todo lo bello que ayer tenía.

Es triste vivir sin tus miradas, sin tu presencia, sin tu cabello y cientos de detalles más que siempre voy a echar de menos.

El fuego arde todavía, pero ni siquiera me quedan las cenizas, algo tuyo a lo cual aferrarme…