domingo, 18 de abril de 2010

prólogo de El Hombre Coherente




Fragmento del Monólogo "El Hombre coherente"
Fantasías

Conté los niños y supe que tan sólo iba a matar seis de nueve con el revólver. El resto tocará matarlos con el puñal. Me acerqué silenciosamente a ellos y a ellas; alegremente se ensuciaban los niños en la arena, las niñas peinaban y vestían sus muertas muñecas, pero en sus ridículas cabezas de energúmenas, los pedazos de plástico vivían y conversaban con ellas.
Los saludé y se asustaron porque mi voz es ronca. No teman—les dije: Acérquense, agregué y se acercaron. Les mostré la cámara fotográfica y les sugerí que posaran para una linda foto. Es para una revista infantil. Van a salir en la portada—dije, y sus sonrisas mostraron.
Miraron mi agradable rostro, los ojos que inspiran confianza; bueno, por lo menos la genética me dio un rostro con el que engaño al mundo entero. Vieron fijamente mis ojos claros, la piel sin cicatrices, la tez blanca y dejaron de sentirse amenazados.
Se sentaron juntos los niños y las niñas. Mientras preparaba el flash ellos hacían muecas, gestos supuestamente graciosos, se empujaban entre ellos de un lado a otro del tronco donde se sentaron. ¡Quietos! –Dije. Se acomodaron inmediatamente, de menor a mayor, por altura, así como les enseñan en la escuela.
Escuela que mañana va a estar de luto y mamás histéricas… tal vez los observe con el telescopio o vaya a sus funerales...
Pensé—Esta va a ser su última sonrisa, montón de mocosos—antes de tomar la fotografía. Luego disparé, aproveché que el flash los cegó; disparo tras disparo, tomé más fotos, cada foto, un fogonazo de mi Revólver calibre 38 que destrozaba sus endebles cuerpos en desarrollo. Vi la sangre manchar sus camisas, los vi caer con una expresión en el rostro de quien no entiende lo que le ha sucedido… un absurdo cuestionamiento: ¿por qué me ha sucedido esto?
Los pájaros de sus nidos huyeron, los latidos de corazones se detuvieron… los tres que todavía vivían se quedaron pasmados, con las manos cubriéndose las cabezas, sin llorar, sorprendidos por el impacto. Cambié de arma y los apuñalé...