lunes, 8 de noviembre de 2010

La virginidad me da asco



Dañar a una creyente:
Ansío profanar tu cuerpo tan yermo de no recibir sexual contacto, ansío mancillarte, excavar en ti y hallar fealdad, lo hediondo que se haya oculto tras la ropa que te cubre, tras las cremas y los perfumes. ¿Por qué dices que tocarte es profanarte, irrespetarte?... ¿Una ceremonia nupcial remedia el ultraje?
Contigo ni ninguna me interesa el matrimonio. Qué gran patraña, mujer, es tiempo de impregnarte de sudor, de calor, de carne sedienta de tu cuerpo, destruir tus conceptos puritanos, mostrarle a tus ojos lo nunca antes visto en vivo y en directo… te ofrezco mi regazo, tómalo con las manos, con los labios, bésalo, chúpalo como a un helado.
Ansío tocarte de tal modo que te condene a los infiernos ficticios de tu religión. Deseo colmarte, llenarte los vacíos y llenarte de culpa, de arrepentimientos. Qué bello dañar lo que esa mujer tanto ha cuidado, impedir su merecimiento del paraíso, de la eternidad prometida.
Dispondré una trampa para que caiga en desgracia, lanzar la red para que sus virtudes decaigan. Te ofreceré vicio, licor, cigarrillos, sexo, drogas y Rock & roll para profanar ese cuerpo donde para tu ignorancia Cristo habita. Voy a embriagarte para aflojar las cadenas, te embriagaré para resquebrajar las cadenas que te han impuesto tus mojigatos padres.
Y cuando por el culo te meta un palo de escoba, tal vez termine gustándote.