martes, 16 de noviembre de 2010

Ni el kamasutra me salvaría


Mientras Lorena se baña yo subo a la habitación, entro a organizar más, pongo en otro sitio los libros sobre Existencialismo, las hojas con apuntes y los lapiceros. Me ocupo en especial de la cama. Desde aquí arriba escucho caer el agua, cerró la llave para enjabonarse. La imagino tocándose, poniendo las manos donde ella sabe que las mías pronto estarán. Un poco excitada de antemano por ese suceso del futuro próximo.
Se unta con jabón las nalgas firmes, los pechos, el cuello… con jabón entre los dedos y su mente juega a que son las manos mías las que la acarician en sus zonas privadas. Se frota dulcemente, prepara su carne desnuda y dócil, se sonríe con malicia.
Es consciente de qué sucederá, cuál es el siguiente paso, se alegra de sólo pensar en lo que yo le haré.
En su hogar se vistió para tentarme, tomó el autobús para acercarse, y ahora se baña con aplicación, se desprende del sudor para que cuando saboree su piel, yo, secretamente no me queje. Para que cada lamida y beso sea un disfrute para ambos.
No tardó mucho en el baño, salió en toalla, con la ropa interior en la mano izquierda, en la otra el vestido gris. También me bañé.
Salí del baño, subí a la habitación. Lorena se secaba el cabello, desnuda frente a un espejo recién comprado, se miraba con placer, la abracé por la espalda, acaricié sus senos y le besé el cuello, se estremeció, se dio vuelta… me dijo: paciencia… y terminó de secarse, puso la toalla sobre una silla de madera, caminó directo al reproductor de música, lo encendió, puso uno de sus discos favoritos, la agrupación Barón Rojo, después, se acostó de medio lado sobre la cama; me miraba acomodar la falda, la ropa interior, los calcetines en sus botas negras… siempre la impaciento con mi orden, porque no me dejo cegar por el sexo ni la pasión. Se cansó de verme en asuntos fuera de lugar. Me apuró para que nos abrazáramos y cobijáramos con caricias: Nos besamos a modo de introducción; un beso apasionado, de esos que quitan la respiración y te ponen erecto. Me separé de ella, la miré de arriba hacia abajo, sus senos eran tal y como los recordaba, desgraciadamente; no encontré ninguna novedad en su desnudez.
El gran círculo de color café suave, su puntiagudo pezón se mostró ansioso de sentirse lamido, succionado; la textura del pezón me indicó que era correcto besarle los pechos… chupé sus tetas mientras que con la mano derecha hurgaba en sus caderas; mis manos escarbaban su Cuerpo; Noté menos abundancia en el vello púbico, y cuando descendí a su entrepierna percibí un olor a jabón japonés. Y pensé—ese jabón no es de aquí. Ella misma lo ha traído.
Aunque parezca ilógico para la gran mayoría de los hombres sentí malestar al tocarla, la rutina de lamerle la vulva me dejó con dolor en la quijada… tal vez fue la falta de práctica por estos días separados, pero bueno, la puse mas excitada, esa era la intención.
El juego estúpido de complacer a Lorena se sucedía maquinalmente. Beso en la boca, descender a senos, abdomen, ombligo, cadera, entrepierna, nalgas… ¡Qué monótono!
La situación no cambia, los mismos planos, la misma escena, el sitio de siempre, la cama vieja, incluso la manera en que extiende los muslos, cómo gira, cómo respira, su forma de acostarse… de voltearse según mis indicaciones, es similar.
Ya sé qué haré cuando levante las caderas, qué repetido y harto… hasta el modo en que su vagina se abre para dejarme entrar es monótono, previsible, casi insustancial, simplón, es una obra de desastre, no es creación, es un devenir que carece de novedad. Aunque la colgara de los pies e inventase posiciones su cuerpo altamente Re—conocido no me brindará nada más.
Se modifica con más facilidad el estilo con que me cepillo los dientes que, al acostarme con Lorena.
Pero sin importar lo repetitivo, hubo un tipo de excitación que me guió, que me cegó y resignó.
Me acosté con Lorena, cumplí con mi labor. Lo hice con entrega, buscando otro placer más allá de este Sexo, desabrido.
Lo único que obtuve de Lorena fueron reacciones ya vistas, sus agitaciones no tan escandalosas, sus ojos semiabiertos que me miran desnudo , pero esta vez ella estaba más concentrada en el disfrute que le brinda su propio Cuerpo que en mí. Lorena se ensimisma, cierra los ojos y se enfoca en su cuerpo, se hunde sobre el colchón, extiende los brazos, aprieta la almohada, las manos buscan de dónde agarrarse, el cuello estira, se disloca de izquierda a derecha, se le escapan varios gemidos, la intensidad dependen de mis actos, se queja sin quejarse por dolor, se enternece su voz, sus palabras, sus ojos se vuelven taciturnos, brillan, me abraza las nalgas con fuerza…
Mientras más se agita, más intensifico los movimientos coordinados y juego a que soy una máquina sexual indiferente, pues el hombre que se haya montado sobre Lorena, finge no presenciar la película de terror... ¡otra vez!
Relación sexual que se desarrolla con imágenes similares, fluyen palabras vacías, promesas, pensamientos de pendejos emocionados, que, en realidad, no valen un Carajo.
Ella también se da cuenta de que ambos asistimos a un acto de manipulación, que hay una mentira controlada, pero Lorena conoce el pacto silencioso.
Somos una pareja sin ropa, carnes hirvientes dentro de una habitación—olla que no desprenden nada sustancial, pieles que sudan sin Amor. Eso lo sé, sólo que esta vez creí que con los quince días distantes que tuvimos, no iba a sentir nuevamente el Asco.