jueves, 27 de enero de 2011

Los hijos apestan y los padres también





¿Hay espacio en el horno crematorio? ¿Te quedan más pastillas para vomitar una vida por la vagina?

El matrimonio y la unión libre son las disculpas para el descuido. Se toman confianza y ya no usan el condón o los otros métodos de salvación.
Y a cambio de una monotonía, de un amorío en decadencia los imbéciles ansiosos de una restauración del amor, concentran sus esfuerzos en adquirir el título de paternidad.
A mi parecer, si el amor de pareja no es suficiente, sepárense, busquen una amante, pero no salvaguarden con hijos una relación en decadencia o muerta.
La Mujer terminará callando y aguantando las opresiones de un machista. Uno de esos hombres que no plancha una camisa, que no prepara un arroz, de esos que se bañan y siempre olvidan, a propósito, la toalla, para darse el lujo de gritarle a la mujer sumisa: ¡La toalla, tráela!
Y ella se la entrega, no sin antes sugerirle que la próxima vez no olvide la toalla a la hora de bañarse, pero al día siguiente es la misma rutina machista—inútil.

Las mujeres van a acabar encerradas, esclavas del papel de ama de casa, criando un centenar de niños, oprimidas, abnegadas, desechas, sin residuos de dignidad, atada al amor por los hijos.

El matrimonio y los hijos son considerados erróneamente como signos de triunfo, de realización personal, de actos indispensables, de actos de madurez. Pero si por inmadurez y cotidianidad es que las parejas se enrolan en esos desequilibrios amorosos, que en realidad son un suicidio.
Y las parejas ven como una gran hazaña, preñar a la mujer… ¡Uy, no, pues, qué dificultad, qué Heroísmo, qué uso tan bueno de la cabeza; embarazarla debió requerir un esfuerzo mental inimaginable! ¡Démosle una Medalla de oro por su esfuerzo, Uy, mejor deportista que un ganador del Tour de Francia, Uy, es más fácil darle la vuelta a Colombia en bicicleta que desgraciar una mujer con un escupitajo de esperma!

Pendejos, felicitan al hombre y a la mujer porque tuvieron un hijo. Denle felicitaciones cuando no lo dejen morir de hambre, cuando le hayan dado una excelente educación y no crezca como un delincuente.

Y hablando de emocionarse por simplezas, qué tal las nimiedades por las que los padres se alegran. A excepción de los discapacitados, los eventos por los que un padre se reconforta, no son maravillas.
¡Oh, el grato recuerdo de sus primeros pasos! Ya camina, eso es muy normal, al contrario, se demoró mucho en caminar sin apoyo. Un animal lo aprende el mismo día que nace, su hijo se tardó nueve meses. Y además, caminar no es la gran cosa para alguien sin problemas motrices.
Ahora, el alboroto más burdo por el primer diente, de leche, ni siquiera es de los duraderos. Y peor, se le cae un diente y empieza la fábula, que ponga el diente debajo de la cama y un ratón mágico le da un obsequio a cambio. Así es que empiezan los mitos urbanos, las estupideces. Tan típico como la madre que asusta al hijo con “El Coco”, con que esa señora es una bruja y si se porta mal se la va a robar.

Un infante realiza lo más insignificante, pero los padres lo divulgan como si se tratase de la noticia más singular: ya mi hijo habla, dice papá y mamá, distingue los colores y otras simplezas.
Con cualesquier balbuceo, tartamudeo o palabra mal pronunciada se les inundan los ojos, aplauden, lo felicitan. Hasta los premian con un dulce, tal cual si fuese un Simio, un chimpancé amaestrado.
Los actos de hablar, caminar, etc. Carecen de carácter extraordinario si el niño es lo que se llama “Normal”, sino es retrasado, sino sufre de dislexia, entre otras enfermedades, ¿cuál es el alboroto, a razón de cuál acción especial?
Pero es que un padre, una madre, llenos de vulnerabilidad, de demasiada capacidad de asombro encumbran hasta nuestra primera defecada. Guardan el primer par de zapatos y a los veinte años todavía lo enseñan a las visitas. Ni que uno fuera una celebridad para guardar basura como si de un Museo se tratase.
Los padres, orgullosos y satisfechos porque ya se viste solo, ya se pone él mismo los zapatos, ya se amarra los cordones, ya dejó el miedo al inodoro, ya no usa pañal, ya dejó de chupar teta, ni se chupa el dedo, no hay que darle la comida, se limpia solo el trasero, no se orina en la cama, etc.

Oh, náuseas producen en mí los padres, tan manipulables.
En el transcurso de los días, se esconderá para fumar un cigarrillo, ¿Por qué por ese nuevo aprendizaje no lo felicitas también?