jueves, 28 de abril de 2011

Nadie es eterno en el mundo, mi entierro


Lo único divertido de ir o cuando pienso en mi funeral es que imagino a un montón de entrometidos, los supuestos amigos de mi madre y de mi padre, los vecinos comunes y corrientes asistiendo al entierro tanto por curiosidad y morbo como por dar la falsa apariencia de que les duele o importa mi muerte o para fingir demostraciones de amistad frente a mis padres o mi putrefacto cuerpo. En fin, la cuestión es que, si es mi funeral me gustaría que durante el proceso de velación, el viaje a enterrarme, y demás, se escuchase la música que siempre me agradó, el Metal. E imagino la incomodidad y el desagrado de esas personas al tener que soportar a mis amigos de pelo largo, con rostros pálidos, vestidos de negro, fumando, bebiendo, y Rock & Roll mientras me meten a un hueco y luego lo cubren con tierra.
Qué bien suena esa idea de verlos a todos fastidiados y hartos de esa situación, pero permaneciendo ahí por voyerismo, por las apariencias. Preguntándose— ¿Qué clase de entierro es este?... ni siquiera hubo misa, dónde están las flores, en vez de tinto hay licor, me dijeron que después del entierro no iban a rezar la novena porque el Germán no creía en esas cosas. Tengo ganas de irme, ¿Nos vamos?, -No podemos, qué va pensar doña Martha y don Oscar… esa música no me la soporto más. Un entierro debe ser con música de Vicente Fernández o algo así… aquí no van a poner “Nadie es eterno en el mundo” de Darío Gómez, qué horror.
Pero lo más seguro es que muy pocas personas vayan a esa cosa llamada mi entierro, lastimosamente no sucederá.